Luis Fernández Mosquera

Henos por fin en París, paseando por las islas del Sena como flâneurs diletantes bajo la lluvia entre crêpes, helados, turistas y libros de segunda mano para intentar reponernos del quinto Tour de Pogacar, que ya anunciamos con igual convicción pero más acierto que Arcadi Espada la eliminación de España en el Mundial y que el genio esloveno rubricó ayer en el circuito por Montmartre y los Campos Elíseos con un dominio incontestable aunque no exento de ciertos sobresaltos en esta tercera semana de carrera, que ha abierto las puertas del paraíso emiratí al padecimiento y la discordia cuando más plácido parecía el panorama para el Perceval de Komenda.

Recién retirado Vingegaard de la carrera por una fractura de clavícula y desprovisto ya por tanto de toda oposición, aunque solo fuera nominal, se mostraba Pogacar un año más, en su faceta sonatina, más melancólico que complacido ante la perspectiva de unos Alpes sin escaladores a su altura, cuando el ciclismo recuperó su querencia discontinua por los sucesos extraordinarios de los libros de caballerías y, como por arte de magia, los mirmidones de Pogacar se pusieron pálidos de golpe en la etapa del miércoles y, débiles como si sufrieran el embrujo de algún hechicero o nigromante, o como si hubiesen topado con la violencia azarosa del Tío del Mazo, llegaron a abandonarle a su suerte durante algunos kilómetros mientras su lugarteniente y fiel amigo Del Toro, verdadero Patroclo del Aquiles del Adriático, penaba casi un minuto por detrás del pelotón y veía peligrar su codiciada plaza de podio y junto con ella el maillot blanco que distingue al mejor joven de la carrera. El peor parado fue su principal gregario de montaña, Adam Yates, tercero en el Tour hace tres años, que se descolgó repentinamente en el llano una vez pasado lo peor (lo que es el equivalente ciclista a morir de un infarto a mitad de la novela; es decir, debe estar muy bien narrado para ser creíble) y padeció durante setenta kilómetros para llegar a meta poco antes del cierre del control de tiempos. Quién sabe si su repentina flojera se debió a algún virus de esos que proliferan tras las jornadas de descanso y afectan siempre al sistema digestivo (su director deportivo, el lexicógrafo Matxín, le diagnosticó “gastroenteritis u otra definición”) o a algún bebedizo deslizado en su desayuno por los vampiros que despertaron a deshoras a su líder para examinar su sangre.

En todo caso, no solo se evitó el desastre, sino que ni siquiera llegó a percibirse una amenaza concreta porque los supuestos rivales no ya del inalcanzable Pogacar, sino de Del Toro, admiradores conspicuos de Vila-Matas, se entregaron a la inacción y, lejos de acelerar el ritmo para alejarla definitivamente, se conformaron con infiltrar a sus compañeros de equipo en otra escapada masiva de cuarenta y siete corredores, como si quisiesen formar una orquesta sinfónica en lugar de disputar una etapa, y esperaron tranquilamente a que se reincorporara al grupo principal.

Todo este pelotón de bartlebys, que ha copado el top ten de la carrera con la simple estrategia de aguantar un poco más que los demás, ha mostrado en cambio diferentes aproximaciones literarias a los Alpes, de la bravuconería de Ayuso al silencio nórdico de Skjlemose o el desgarro desesperado del maqui Lenny Martínez. En cuanto al joven Seixas, cuarto tras completar un Tour excelente para sus diecinueve años, seguimos como en Barcelona, esperando a conocer sus cartas literarias (y ciclísticas), más allá de un tembleque muy preocupante antes de la contrarreloj del martes que nos recordó a las furiosas tarantelas medievales. Muy distinta fue la propuesta de los aventureros que aprovecharon las fugas para alcanzar una gota de agua en el desierto en que Pogacar convierte la carrera. Entre estos cabe destacar a Pedersen y Carapaz, los dióscuros del ciclismo, que se salvaron del naufragio amarrándose en los Alpes a los maillots de la regularidad y de la montaña con la suficiente capacidad de sufrimiento como para protagonizar una novela bizantina. Patroclo del Toro, por su parte, empieza a mostrar signos de la enfermedad de lady Macbeth y en esa misma etapa se permitió dos pequeños gestos de desdén hacia su líder que asombrarán a cualquiera que recuerde cómo este, solo tres días antes y vestido con el maillot amarillo, trabajó en su favor para ayudarle en su lucha por el podio sacrificando sus propias opciones victoria de etapa; pero, por otra parte, el agradecimiento nunca ha abundado especialmente en la historia del ciclismo ni en la historia de la literatura, de modo que consideraremos normal, por el momento, la envidia de este jovenzuelo encumbrado. Su inseparable Amado lo hizo así, convirtiendo en la etapa reina de antes de ayer la ascensión al Galibier y a la Sarenne en un ejercicio estéticamente muy dudoso de entrega incondicional a su Amigo al tirar del grupo de favoritos durante sesenta kilómetros en favor de su discípulo.

Pero en fin, todo ello es agua pasada y se trata de hacer balance del Tour en conjunto, o mejor aún, de los últimos seis Tours, porque, como señalaba Julio en su artículo anterior, con la caída y retirada de Vinagres se cierra, aunque solo sea simbólicamente, una era marcada por su enfrentamiento con Pogacar, que de ahora en adelante queda solo frente a la carrera y, a lo que se diría, vista la inoperancia o la extrema juventud de sus posibles rivales, solo por completo, en la cumbre de una pax pogacariana que no admite disensión. 

Visto ahora, desde su plenitud solar, ¿quién es Pogacar? No, desde luego, el aventurero optimista y despreocupado, salido de una novela de Julio Verne o de los Episodios Nacionales de Galdós, de quien se disfrazó en el lejano Tour pandémico de 2020, justo antes de mostrarse en la última etapa como un héroe mayúsculo, capaz de protagonizar cualquier epopeya, por extensa que fuera la obra o desmesurada que pareciese la tarea. Discutimos entonces si compararle con Aquiles o con Ulises, pero tanto daba, porque enseguida mostró que reunía en sí la fuerza y el valor inconsciente del primero con la inteligencia y el cálculo del segundo, y lo mismo podría decirse de Perceval, cuya ingenua devoción pasea por Francia todos los veranos. Pese a los dos años en que mordió el polvo frente al Arenque de Hillerslev, también se fue pareciendo a Hércules por su capacidad para completar las hazañas más laboriosas y diversas, desde los grandes puertos de montaña hasta las carreras sobre pavé, pasando por la contrarreloj, el llano, la media montaña, el esprín en cuesta o cualquier otra especialidad del ciclismo que se le ponga por delante; pero en todo caso va más allá, porque, en este momento de su carrera, domina todos estos terrenos sin dificultad aparente y con una diferencia a veces humillante sobre sus rivales. En otras palabras, desde su resurrección en 2024, Pogacar, omnipresente y omnipotente, dejó de ser un héroe para convertirse en un dios del ciclismo encarnado en un esloveno parecido a Tintín, igual que Vishnú tomó el avatar del príncipe Rama, y ahora se deja ver en una especie de prístina desnudez apabullante, como en su sobrehumana ascensión al Alpe d’Huez, que tiene consecuencias contradictorias, como aparece en toda la tradición universal de literatura mística.

Por una parte, ante la divinidad no cabe más que la contemplación y su consecuencia, la admiración: “Prima et maxima contemplatio est admiratio maiestatis”, decía San Bernardo, y “Admiratio est actus consequens contemplationem sublimis veritatis”, completaba Santo Tomás. Y, por supuesto, la admiración sin reservas no puede llevar más que al amor y, sí, por cursi que suene, los aficionados al ciclismo amamos todos a Pogacar, y aceptamos sin las reservas exigidas por la razón más elemental que escale los grandes puertos de montaña con la misma facilidad con que Júpiter debía ascender al Olimpo y que tire de Del Toro por los Alpes como si escapase volando con Ganímedes. Qué más da. No en vano decía Ramon Llull que “el libre querer es la más noble condición del hombre” o, todavía más, que una vez que se conoce a la divinidad, esta se hace necesaria para quien la recibe: “No hay ya mayores tinieblas que la ausencia del Amado; ni mayor bien que su presencia”.

Por otra parte, el contacto con los dioses no es ajeno al sufrimiento en la medida en que estos nos exceden con fuerza destructiva. Los ejemplos son incontables, pero, ya que nos volvemos a mover en las coordenadas de la Grecia Antigua, ninguno es mejor que el de Zeus y Sémele, la madre de Dionisio, que, incitada con engaños por Hera, le pide al padre de los dioses, que la había hecho su amante, que se muestre ante ella tal y como lo hacía ante su legítima esposa, y muere finalmente carbonizada por el rayo. La misma idea, aunque vestida con las ropas de Hollywood, aparece en Indiana Jones y la calavera de cristal, donde la paracientífica rusa interpretada por Cate Blanchett le ruega al alienígena confederado, llamémoslo así, que le dé todo el conocimiento que posee, y termina, como Sémele, destruida por el exceso, aunque en su caso con tiempo suficiente para suplicar que se detenga la tortura. Aunque si hablamos de mística, podemos citar a Pascal, que resumió su experiencia de Dios con la palabra “FUEGO”, escrita en mayúsculas y ocupando toda la página, y a Ernesto Cardenal, que habla de “una dulzura tan intensa que se vuelve dolor, un dolor indecible, como algo agri-dulce pero que fuera infinitamente amargo e infinitamente dulce”. Y así es ver a Pogacar en toda su excesiva infinitud ciclista: indeciblemente dulce porque nos saca de nuestro tiempo y nos lleva a la mítica Edad de Oro que no conocimos con ataques a decenas de kilómetros de la línea de meta, pulcra elegancia en todos los esfuerzos y un aroma general e indefinible de momento fundacional; pero también amargo porque con su luz abrasa cualquier brizna de hierba que crezca bajo sus ruedas acabando con la emoción de la lucha por la victoria y, por tanto, con la posibilidad de relatar nada porque no hay acción, sino solo, como decimos, contemplación estática de lo fenomenal ante nuestros ojos; y ya se sabe que de lo que no se puede hablar lo mejor es callar. 

Pero como nosotros no queremos callar, sino seguir parloteando incesantemente en estas crónicas con comparaciones traídas por los pelos y bromas difícilmente inteligibles, declaramos solemnemente, y reservándonos en todo caso el derecho de cambiar de opinión dentro de un año, que ya hemos tenido suficiente, que Pogacar ha alcanzado su plenitud este año y ya poco más puede aportar a la literatura que no sea su derrota definitiva (que por otra parte tampoco deseamos: ¿quién querría ver ni narrar la caída de Zeus?; es necesario que haya un orden en el mundo); y le pedimos, por tanto, que no vuelva más al Tour, que abandone a su suerte a los mortales y les deje la maldición sublime desde el punto de vista literario de, al ganar la carrera, tener que reconocer: “Sí, pero no pude ganar a Pogacar”. Le decimos a Pogacar, en definitiva, las palabras de Ernesto Cardenal: “¡Basta! ¡Basta ya! No me hagas gozar más, si me amas, que me muero”.

Y dicho esto, seguimos con nuestro paseo por el Sena para comprar un maigret y beber, en homenaje a Simenon, una cerveza en la Brasserie Dauphine. Necesitamos urgentemente bajar de estas celestiales alturas literarias.

 

Anteriormente en Culturamas

El Tour como ficción 2026 (I). Un coloquio en contrarreloj o el forúnculo de Serrat

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La ilustración de la portada, que se reproduce completa a continuación, es obra de Nora Manzano Gómez